Guerras, pleitos, contiendas, miles de veces hemos escuchado este tipo de palabras en la historia, en los pueblos o países y también en nuestros hogares.
Generalmente, las guerras o batallas más “épicas” se desarrollaron en los siglos antiguos, donde se veía o se tenía un sentido más profundo de éstas palabras. En el tiempo antiguo pueblos o poblados pequeños morían por la esperanza de no ser nunca conquistados por tiranos dictadores; otros más luchaban por la libertad de que sus padres y los padres de sus padres habían entregado neciamente a otro reino más “grande”.
La idea de guerra nos lleva a pensar muchas veces en soldados, generales, armas, destrucción, hambre, llanto, dolor, muerte. El conjunto de muchas de estas palabras era lo motivaba al hombre “poderoso” a intentar expandir sus territorios, a tratar de conquistar países para que su nombre fuera reconocido a través de la historia.
Pero aún dentro de todos estos conceptos, existe uno que puede ser el enlace de ejemplo para nuestra reflexión, “milicia” la cual era una fuerza un conjunto de guerreros dispuestos a desarrollar una guerra particular; era compuesta de civiles, un conjunto de hombres bien armados, bien entrenados, capaces de destruir a grandes tropas.
Sin embargo que pasaba cuando por alguna traición o alguna desavenencia de parte de cualquiera de las piezas fundamentales trataba de crear su propio sistema de combate. . . pues sencillamente aquella milicia desaparecía, aquel conjunto de personas perdía su objetivo y generalmente caían presas de sus enemigos.
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