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Hoy quiero compartir con usted un testimonio, querido hermano o amigo que me lees. Lo que Dios ha hecho en mi vida, este testimonio es de cómo Dios me sanó.
Mi nombre es Gerardo López. Yo estaba enfermo de varicela, ya que mis hijos me contagiaron, por que a ellos les dio primero pero a ellos no les dio tan fuerte como a mi, como ya sabe usted que cuando a uno le da esta enfermedad de adulto es muy peligrosa y fuerte, y eso es completamente cierto.
Un día que regresamos del templo yo empecé a sentirme mal; el cuerpo cortado, los huesos me dolían, tenía fiebre y pensé que me iba a dar gripe o algún resfriado o algo por el estilo.
Pero al otro día me empezaron a salir ronchitas, muchas de ellas, me espanté y fui al médico.
El médico me dijo: “Usted tiene varicela”, y no me dio medicamento, sino me dijo que me pusiera un polvo de habas para la comezón, pero la intensidad de la enfermedad seguía en aumento, de tal manera que llegó el momento en que mi rostro estaba desfigurado, mi cuerpo estaba totalmente lleno de ronchas y la comezón era insoportable, pero no era solamente por el exterior, sino también por dentro, al grado que ya no podía comer alimento sólido, me alimentaba sólo con líquidos. Mi esposa me licuaba la comida y yo ya no aguantaba el malestar y todos estos síntomas, yo estaba orando a Dios, pidiendo que me quitara la enfermedad, que me sanara.
Yo estaba aislado, ya que esta enfermedad es muy contagiosa y no quería enfermar a mas de mi familia, mucho menos a los hermanos de la iglesia, ya que el pastor quería pasar a orar por mi, pero yo no lo dejaba, por temor a contagiarlo, sin embargo él insistió pasar a orar, junto con varios hermanos.
¡Oh, que maravilloso es Dios! Por que cuando el pastor y los hermanos estaban orando, empecé a sentir como Dios estaba sanando mi cuerpo, sentía un calor muy especial desde la cabeza hasta los pies, y cuando terminaron de orar los hermanos, el pastor me dijo: “Hermano, el Señor Jesucristo te ha sanado” y yo le respondí “amén”.
Al otro día mi cuerpo por dentro y por fuera estaba sano, mi boca y garganta estaban limpias, como las de un bebé, y las ronchas por fuera estaban secas.
Entonces comprobé la misericordia y el amor que Dios tiene para nosotros, sus hijos. Este testimonio lo comparto con todos ustedes, para que no duden de que Dios hace milagros, aún en ésta época, y para que se edifiquen en su vida, confiando en Él.
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