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Jueves, 26 de Agosto de 2010 12:11 |
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Con la paz inigualable que me da mi Dios voy venciendo todas las tormentas, cómo su mano suave me guía y me sustenta, no dudo de su voz que voy siguiendo.
Puedo cerrar mis ojos y confiar, puedo esperar sin inquietud y respirar, puedo tener su paz, tan sólo con pedirlo, porque en el silbo apacible de su altar, su Espíritu ha mandado al corazón, que renueve mi mente en oración, y que abandone todos mis pesares en los brazos eternos de su paz.
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