OH aquel día glorioso cuando el Señor envíe a sus ángeles por cada uno de nosotros, dice un himno tradicional. . . “ojala y fuera hoy”. . .
Mucho tiempo hemos esperado, mucho tiempo hemos sufrido, mucho tiempo hemos padecido con paciencia como cada una de las profecías de Dios se cumplen poco a poco, hambres, muertes, pestes, guerras. Pero dice la escritura que esto será sólo “principios de dolores”, quizás nosotros no sepamos cual es el resultado de todo esto, es decir no hemos vivido en carne viva lo que es estar en medio de una guerra, lo que es padecer alguna peste incurable o algo más cruel la muerte por este tipo de causas.
Sin embargo todo esto es el preámbulo del fin, si embargo esto es el pasillo introductorio del fin de nuestros días.
Desde el principio Dios ha predestinado la salvación del hombre, a través de los patriarcas, a través de sus profetas y más aún con la venida de su Hijo Unigénito, quien habiendo predestinado su vida para salvar a muchos con su sacrificio, y lavar y limpiar de dolor, muerte y pecado al más vil hombre. El apóstol Pedro lo menciona de manera gloriosa. “Pero siendo profeta, y sabiendo que con juramento Dios le había jurado que de su descendencia, en cuanto a la carne, levantaría al Cristo para que se sentase en su trono, viéndolo antes, habló de la resurrección de Cristo, que su alma no fue dejada en el Hades, ni su carne vio corrupción. A Este Jesús resucito Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Así que, exaltado por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís” que Jesús prometió que se iría pero al hacerlo nos iría a preparar una morada celestial donde habitaremos con él todos los que creamos en él todos los que le aceptemos, todos los que hayamos vivido rectamente guardando la piedad que nos ha sido encomendada.
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